La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Este hizo para Gilberto lo que para todos los demás, es decir, que extendió el brazo hacia él, diciéndole:

—¡Ciudadano, la Gran Traición del señor de Mirabeau!

Mas al ver a Gilberto, su brazo quedó como paralizado y su lengua enmudeció.

Gilberto le miró a su vez, dejó de caer el folleto con expresión de disgusto, y alejóse diciendo:

—¡Repugnante oficio el que habéis elegido, señor de Beausire!

Y tomando el brazo de Mirabeau, continuó su marcha hacia la Asamblea, que ya no estaba en el arzobispado, por haber preferido el Picadero.

—¿Conocéis a ese hombre? —preguntó Mirabeau a Gilberto.

—Le conozco como se conoce a esa gente —dijo Gilberto—; es un antiguo exento, un jugador, un bribón, y ahora se ha hecho calumniador, no sabiendo a qué dedicarse.

—¡Ah! —murmuró Mirabeau, poniendo la mano en el sitio donde había tenido su corazón, y donde no había ya más que una cartera que contenía el dinero de palacio—, si calumniase…

Y muy sombrío continuó su marcha.


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