La Condesa de Charny

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—¡Cómo! —exclamó Gilberto—, ¿seríais tan poco filósofo que os dejarais abatir por semejante ataque?

—¿Yo? —dijo Mirabeau—. ¡Ah, doctor! No me conocéis… ¡Ahora dicen que me he vendido, cuando deberían decir que se me paga! Pues bien, mañana compro un palacio, tomo coche, criados y caballos; mañana tendré cocinero, para ofrecer la mesa a cuantos quieran. ¿Abatido yo? Y ¿qué me importa la popularidad de hoy o la impopularidad de ayer?… No, doctor, lo que me abate es una promesa dada, que probablemente no podré cumplir; son las faltas, o más bien, las traiciones de la corte respecto a mí. He visto a la reina, que parecía tener confianza en mí, y he soñado un instante —sueño insensato con semejante mujer—, no en ser ministro de un rey, como Richelieu, sino el amante de una reina, como Mazarino, lo cual no hubiera sido peor para la política del mundo. Pues bien, ¿qué hacía ella? El mismo día de la entrevista, y tengo la prueba de ello, escribía a su agente en Alemania, M. Flaschslauden: «Decid a mi hermano Leopoldo que, según su consejo, me sirvo de Mirabeau; pero que no hay nada de formal en mis relaciones con él».

—¿Estáis seguro de ello? —preguntó Gilberto.

—Completamente… y esto no es todo. ¿Sabéis de qué se tratará hoy en la Asamblea nacional?


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