La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El criado, no obstante, volvió a los pocos segundos con una cuchara que contenía las cinco o seis gotas de aguardiente.

El doctor las mezcló con una cantidad igual del licor que el frasco contenía, y en el mismo instante los dos líquidos combinados tomaron el color del ajenjo; Mirabeau tomó la cuchara y bebió lo que había en ella.

—¡Diablo, doctor —exclamó—, bien habéis hecho en advertirme que el licor era fuerte; me parece materialmente haber absorbido un relámpago!

Gilberto sonrió, manifestando confianza.

Mirabeau permaneció un instante como consumido por aquellas gotas, con la cabeza inclinada sobre el pecho, y apoyando la mano en su estómago; pero de repente se irguió.

—¡Ah, doctor! —dijo—, verdaderamente es elixir de vida lo que me habéis hecho beber.

Después se levantó, con la respiración ruidosa, alta la frente y los brazos extendidos.

—¡Húndase ahora la monarquía, pues me siento con fuerzas para sostenerla!

Gilberto sonrió.

—¿Os sentís mejor? —preguntó.


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