La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Doctor, decidme dónde se vende ese brebaje, y aunque hubiese de pagar por cada gota un brillante de su volumen, o renunciar a todo lujo para conservar la fuerza vital, os aseguro que yo también tendré esa llama líquida, y que entonces me consideraré como invencible.

—Conde —repuso Gilberto—, prometedme que no tomaréis de este brebaje más que dos veces a la semana, y que no os dirigiréis más que a mí para renovar el licor, y os dejaré este frasco.

—Dádmelo —contestó Mirabeau—, y os prometo cuanto gustéis.

—Helo ahí —replicó Gilberto—; pero esto no es todo. ¿No me habéis dicho que deseáis coche y caballos?

—Sí.

—Pues bien, vivid en el campo; esas flores que vician el aire de vuestra habitación depuran el del jardín, y la carrera que haréis todos los días para venir a París y volver al campo, será saludable para vos. Elegid, si es posible, una residencia situada en la altura, en un bosque o cerca del río, en Bellevue, Saint-Germain o Argenteuil.

—¡Argenteuil! —replicó Mirabeau—; precisamente envié a mi criado allí para buscar una casa de campo. ¿No me habéis dicho, Teisch, que encontrasteis en aquel punto alguna casa que me convenía?


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