La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Cada departamento llevaba su bandera distintiva, pero recogida, nacionalizada por aquel gran círculo de banderas tricolores que decían a los ojos y a los corazones estas dos palabras, las únicas con que los pueblos, esos obreros de Dios, hacen las grandes cosas: Patria, unidad.
Al mismo tiempo que el presidente de la Asamblea nacional se dirigía hacia su sillón, el Rey ocupaba el suyo y la Reina tomaba asiento en la tribuna.
¡Ay, pobre Reina! Su corte era mezquina; sus mejores amigas, teniendo miedo, se habían separado de ella; tal vez si se hubiese sabido que, gracias a Mirabeau, el Rey había obtenido veinticinco millones de viudedad, tal vez algunas habrían vuelto; pero se ignoraba.
En cuanto al que buscaba inútilmente con los ojos, María Antonieta sabía que a este no le atraerían a su lado ni el oro ni el poder.
A falta de él, sus ojos quisieron fijarse en alguna persona amiga y fiel. Preguntó dónde estaba el señor Isidoro de Charny, y por qué la monarquía, contando con tan pocos partidarios en medio de tan considerable multitud, no tenía sus defensores en su puesto.