La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Nadie sabía dónde estaba el vizconde de Charny, y aquel que la hubiese contestado que en aquella hora conducía a una joven aldeana, su amante, a una modesta casa situada en la vertiente de la montaña de Bellevue, la hubiera hecho sin duda encogerse de hombros, llena de compasión, si no la hubiese oprimido el corazón de celos.
¿Quién sabe, en efecto, si la heredera de los Césares no hubiera dado trono y corona, consintiendo en ser una humilde campesina hija de un oscuro labrador, para que la amase aún Oliverio como Catalina era amada de Isidoro?
Sin duda todos estos pensamientos la preocupaban cuando Mirabeau, sorprendiendo una de sus miradas dudosas que tanto tenían de rayo del cielo como de relámpago tempestuoso, no pudo menos de preguntarse en voz alta:
—Pero ¿en qué piensa la Reina?
Si Cagliostro hubiera estado bastante cerca para oír estas palabras, tal vez hubiera podido contestar: «Piensa en la máquina fatal que yo le hice ver en el castillo de Taverney en una botella de agua, y que reconoció cierta noche en las Tullerías bajo la pluma del doctor Gilberto». Pero se hubiera engañado el gran profeta que tan raras veces se engañaba.