La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Piensa en Charny ausente y en el amor extinguido. Y esto en medio del estrépito de quinientos tambores y de dos mil instrumentos de música que apenas se oían entre los gritos de «¡Viva el Rey!». «¡Viva la ley!». «¡Viva la nación!».
De pronto siguió un profundo silencio. El Rey estaba sentado, así como el presidente de la Asamblea nacional.
Doscientos sacerdotes, vistiendo sus albas blancas, se dirigían hacia el altar precedidos del obispo de Autun, señor de Talleyrand, el patrón de todos los que prestaban juramentos pasados, presentes y futuros.
Subió cojeando los escalones del altar: era el Mefistófeles esperando al Fausto, que debía aparecer el 13 vendimiario.
¡Una misa dicha por el obispo de Autun! Habíamos olvidado esto al hablar de los malos presagios.
En aquel momento redobló el temporal; hubiérase dicho que el cielo protestaba contra aquel falso sacerdote que iba a profanar el santo sacrificio de la misa, dando por tabernáculo al Señor un pecho que debían manchar tantos perjurios futuros.
Las banderas de los departamentos y las tricolores, acercadas al altar, formaban como un cinturón flotante que el viento agitaba, haciéndole ondular de continuo con violencia.