La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Pero estas emociones, como todas las demás, socavaban el estómago del joven.
Y tanta era su admiración y sobre todo su inquietud, que sintió una irresistible necesidad de hacer honor a las provisiones que acababan de servirle, y la satisfacía con el ardimiento que ya conocemos, aunque con una expresión semejante a la de la alegría, y fue a sentarse de nuevo a la mesa frente a Pitou.
—Y bien —preguntó al labrador—, ¿qué hay de nuevo, padre Billot?
—Lo que hay es que mañana volverás a marcharte solo, Pitou.
—¿Y vos? —preguntó el capitán de la guardia nacional.
—Yo me quedo —contestó Billot.