La Dama pálida
La Dama pálida Pero, pasada esta cordillera, si volvéis hacia el mediodía, entonces recobra el paisaje su grandiosidad, entonces veis otra cordillera de montes más elevados, de forma más pintoresca, de aspecto más rico; esa nueva cordillera ostenta sus penachos de bosques, sus serpenteadores arroyos; con la sombra y el agua renace la vida en el paisaje; se oye la campana de una ermita; se ve serpentear una caravana en la falda de una montaña. En fin, a los últimos rayos del sol, se distinguen, como una bandada de blancos pájaros acurrucados, las casas de algunas aldeas que parecen haberse agrupado como para preservarse de cualquier ataque nocturno; porque, con la vida ha vuelto el peligro, y no son ya, como en los primeros montes que se han atravesado, bandadas de osos y de lobos las que deben temerse, sino hordas dé bandidos moldavos las que deben combatirse.
Íbamos entre tanto acercándonos al término de nuestro viaje. Habían transcurrido sin accidente alguno diez jornadas de camino. Podíamos ya distinguir la cima del monte Pión que domina con su cabeza toda aquella familia de gigantes y en cuya cuesta meridional está situado el convento de Sahastrú al cual me dirigía.
Tres días más y habríamos llegado.