La Dama pálida

La Dama pálida

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Estábamos a fines del mes de julio. El día había sido bochornoso; y con una voluptuosidad indecible empezábamos a aspirar, a eso de las cuatro, las primeras brisas de la noche. Habíamos ya doblado las ruinosas torres de Niantzo, y bajábamos hacia una llanura que empezábamos a percibir a través de la abertura de los montes. Desde donde nos hallábamos, podíamos seguir con la vista el curso del Bistriza cuyas orillas esmaltaban rojas amapolas y campánulas de blancas flores. Costeábamos un precipicio en cuyo fondo corría el río, que allí no era más que un torrente. Nuestras cabalgaduras apenas tenían espacio suficiente para marchar dos de frente.

Precedíamos a nuestro guía, recostado sobre su caballo, cantando una canción moldava, de monótonas modulaciones y cuyas palabras escuchaba yo con singular interés.

El cantor era al mismo tiempo el poeta. Nada puedo decir de la música; sería preciso ser uno de aquellos montañeses, para cantárosla con toda su salvaje tristeza, y su sombría sencillez. He aquí la letra:

Allá en el yermo pantano,

el pantano de Stavila,

que con sangre de guerreros

bañó sus cienos un día,

¿no veis tendido un cadáver

sobre la tierra rojiza?


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