La Dama pálida
La Dama pálida SubĂase a ese cuarto por una escalera donde de trecho en trecho aparecĂan en sus nichos, de tamaño mayor que el natural, tres estatuas de los Brankovan.
Pasado un momento, subieron al cuarto los equipajes, entre los que se hallaban mis maletas. Las mujeres me ofrecieron sus servicios. Pero aunque reparĂ© en el desorden de mi traje, conservĂ© mi vestido de amazona, por estar más en armonĂa con el de mis huĂ©spedes que otro cualquiera.
En aquel momento llamaron suavemente a la puerta.
—Entrad, —dije naturalmente en francés, porque ya sabéis que el francés es para nosotros los polacos una lengua casi materna.
Gregoriska entrĂł.
—¡Ah, señora! ¡cuánto me alegro de que habléis francés!
—Y yo tambiĂ©n, —le respondĂ—, puesto que por esta casualidad he podido apreciar vuestra generosa conducta para conmigo. En este idioma me habĂ©is librado de los designios de vuestro hermano y en este mismo idioma voy a expresaros mi sincero reconocimiento.