La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —Como la mÃa.
— ¿Será ésta?
Y le enseñó la carta que la baronesa habÃa dirigido al fingido conde de Monte-Cristo.
— ¡Ah! —dijo el barón al leer el sobre—. La letra es de ella; pero decÃs que ella os escribió, y yo leo aquà un nombre que no es el vuestro.
— ¡No es el mÃo! —dijo Benedetto sonriéndose y agregando luego—: mi querido barón, olvidáis mi reliquia milagrosa...; con vuestro permiso, dejadme descansar del peso de este cofre: ¡no lo toquéis! ¡Contiene la mano del muerto!...
Danglars se estremeció a su pesar y Benedetto continuó:
—Noches pasadas ordené a la baronesa que viniese a Roma, y que vendiese su palacio y su vajilla en ParÃs. Ella obedeció; espera mis órdenes y vengo a consultaros sobre ello.
El tono decisivo con que Benedetto repitió estas palabras, admiró al pobre barón, que las escuchó con la boca abierta y los ojos asustados.
—Pero yo estoy soñando —murmuró sin comprender la razón de por qué desde algunos dÃas hasta las tejas de su tejado parecÃan gotearle dinero y fortuna.
—Vamos, señor barón, salid de vuestro estupor, que de nada os sirve ahora. Voy a escribir a la baronesa anunciándole que iréis a visitarla.