La Mano del Muerto
La Mano del Muerto Beauchamp dejó el bufete, y salió de entre las ciclópeas pilas de papel situados a derecha e izquierda de su silla, al modo que la figura fantástica de algún poeta sombrío surge por entre los sepulcros de una pequeña catacumba al pálido reflejo de la luna. Se dirigió a la ventana, recorrió la cortina y lanzó un rápido vistazo al patio iluminado por el rojizo resplandor de una sola lámpara colgada de la bóveda del vestíbulo; y advirtiendo luego que alguien se encaminaba a su gabinete, dejó caer la cortina y sentóse de nuevo en su escritorio, apoyando el codo sobre él y la mejilla sobre su mano.
A continuación abrióse la puerta del gabinete y dos hombres ingresaron, uno de los cuales por su indumentaria, modos y corpulencia fornidas, parecía agente de policía. Joven el otro aún, hosco, pálido y desgarrado el vestido, hacía el más acentuado contraste y dejaba traslucir que era el reo.
El procurador permaneció quieto durante algún tiempo; enseguida, cuando consideró que el agente había traspuesto el patio, señaló al reo el lado contrario de su mesa, y volvió la pantalla de la lámpara de forma que pudiera observar el rostro del procesado.
— ¿Cómo os llamáis? —preguntóle Beauchamp, ahuecando la voz como si pretendiese disfrazarla.
—Me hacéis, señor, la misma pregunta de siempre, a la que siempre os respondo que Benedetto.