La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —Benedetto —continuó el procurador del Rey—; ¿estaréis dispuesto a repetir cuanto ya me habéis manifestado?
— ¿Y para que señor? —le dijo el joven con alguna suavidad—. ¿Para qué repetir tales cosas? He sido encarcelado, me encuentro en vuestra presencia..., dictad mi sentencia pues, y que concluya todo.
—Sois muy insensato, Benedetto; la ley os condena a muerte.
—Tanto mejor si ya lo sabéis de cierto.
—Quiero, sin embargo, oÃros otra vez. Acaso hayáis olvidado algún detalle que pueda atenuar el rigor de la ley por medio de la prueba. Hablad.
—Pues bien: escuchadme, porque será la última vez que os hable.
HabÃa en el acento del acusado tal amargura y desprecio de la vida, que si bien poca o ninguna sensación habrÃan producido en el alma gastada de un viejo juez, conmovÃan la de un hombre joven aún, y que no estaba bien penetrado de los misterios de un procurador real, como sucedÃa a Beauchamp.