La Mano del Muerto
La Mano del Muerto »Mi señora y fidelísima esposa: Cuando recibáis esta carta ya no tendréis marido... ¡oh! no os asustéis, no tendréis marido del mismo modo que ya no tenéis hija; quiero decir, me encontraré recorriendo alguno de los caminos por donde se sale a Francia. Os debo explicaciones y como sois mujer capaz de entenderlas bien, voy a dároslas. Oídme, pues... Esta mañana me fue presentada una letra a la vista de cinco millones que satisfice; pero se presentó luego otra de igual suma cuyo abono prometí para el día siguiente. Ahora lo entenderéis bien, ¿no es así, mi querida y fidelísima esposa? Y de cierto que me entendéis, porque os halláis tan al corriente de mis negocios como yo mismo o tal vez mejor. ¿No os ha admirado señora, la rapidez de mi caída y evaporación repentina de mi fortuna? En cuanto a mí, declaro que solo he visto el fuego que la derritió; espero que habréis recogido algún oro en las cenizas. Con esta consoladora esperanza me retiro, mi discretísima esposa, sin que mi conciencia me acuse de abandonaros desde que os restan amigos, las cenizas que he dicho, y por cúmulo de ventura, la libertad que os restituyo.