La Mano del Muerto
La Mano del Muerto — ¡Hombre vil y despreciable! —gritó la baronesa—; ¡aquà estas finalmente humillado a mis pies y solicitando con tus labios el perdón de tus expresiones groseras! ¡Yo, empero, no te perdono, porque también soy culpable!... Levantaos, señor... ¡Idos!... ¡vuestra fortuna está acabada y aniquilada para siempre en la tierra! Veo que no tenéis un real, porque solicitasteis uniros conmigo, suponiendo que yo poseÃa todavÃa los fondos que me dejasteis en ParÃs... ¡Ah! ¡Estoy pobre, y sólo puedo entrever un futuro de mediocridad... o tal vez de completa miseria! Id, señor barón Danglars; aun cuando asà no fuese, jamás convendrÃa la mujer que os deshonró y a la cual abandonasteis; no os recrimino por este abandono, pero os desprecio por vuestro procedimiento de hoy, que me revela no existir en vos el menor sentimiento de pundonor y probidad.
—Dios o algún hombre extraordinario juró la ruina total de vuestra casa y vuestra casa se derrumbó piedra por piedra —continuó ella—, ¡Y ese hombre ha jurado también mi vergüenza y mi miseria! Retiraos, Danglars, que nuestros hálitos nos envenenan mutuamente, como si se combinasen para producir en el aire un veneno terrible... ¡Ah! ¡Miseria!... ¡miseria con todos sus horrores y envilecimientos, tú me descubres el fantasma pálido y amenazador que la opulencia ocultaba a mis ojos! Y ese fantasma es la conciencia... ¡el remordimiento!...