La Mano del Muerto

La Mano del Muerto

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La baronesa ocultó el rostro entre las manos y permaneció así en pie durante mucho tiempo con el cuerpo inclinado. Cuando volvió en sí tenía la fuerza convulsiva que el fuego de la fiebre presta a los delirantes. Miró con calma por el aposento, deteniendo la vista sobre cada objeto como para fijar su recuerdo, y se dirigió a su escritorio, donde se sentó abatida reuniendo el dinero que Benedetto le había dejado. El barón, aprovechando el estado de estupor en que parecía haber caído su mujer, había tomado el sombrero y salió sin hacer el menor ruido.

 

 

XVI EL DELINCUENTE ROMANO Y EL LADRÓN PARISIENSE

 

Después del robo cometido por Benedetto en la posada de Londres, ¿qué otra cosa quedaba a la señora Danglars que una vida de miseria? La baronesa no era mujer para humillarse recurriendo a su hija. Así, pues, tomó el único partido que en aquel momento le era posible. Hizo una pequeña limosna a un convento pobre y pidió ser admitida bajo las bóvedas sagradas del claustro en calidad de recogida provisoria.


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