La Mano del Muerto
La Mano del Muerto Allí en la soledad y el silencio, meditó sobre su extraordinario pasado. Toda su altivez y orgullo se habían sepultado en la sencillez de un claustro. Allí vertía amargas lágrimas sobre aquel hijo de un criminal amor y de sus adúlteras relaciones con el señor Villefort; de aquel hijo de la corrupción y del crimen a quien el cielo parecía haber negado su bendición en el mundo, como se la habían negado sus padres.
Aunque el barón Danglars había tratado de encontrar de nuevo a Benedetto, no pudo conseguirlo; y tuvo que conformarse con la idea de solicitar nuevamente su empleo de portero del teatro Argentino, con el pensamiento en la única tabla de salvación que se le ofrecía; el amparo de Eugenia d'Armilly.
A pesar de poseer Benedetto la fortuna de la baronesa Danglars, no se detuvo en su cadena de crímenes, sino que concibió uno nuevo. Habiendo tenido noticia del premio que el gobierno de su santidad ofrecía por la cabeza de Luis Vampa, dispúsose a realizar una misteriosa visita al intendente de policía; pero, reflexionando mejor el hecho, y viendo que la baronesa Danglars no lo hacía perseguir, quizá por haber perdido su pista, ordenó a Pipino que hiciese demorar el buque algunos días más, y esperó él mismo también una ocasión más oportuna de trabajar con buen éxito.