La Mano del Muerto

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Mientras tanto Benedetto trabajaba para entregar a las autoridades al temible salteador romano. Espiaba con cuidado hasta el menor movimiento y gesto de Vampa; de modo que a las tres o cuatro noches de asistir con él al Teatro Argentino, conoció que Vampa no era insensible a los encantos de la señorita Eugenia d'Arvilly. Una sonrisa de triunfo vagó en los labios de Benedetto, cuando leyó en la ardiente mirada de Luis Vampa la pasión que le dominaba.

Entonces fue cuando él espió sus menores movimientos, siguiéndole paso a paso por todas partes, hasta que, al cabo de algunos días, lo vio entrar en una casa de apariencia humilde, en que vivía aquella anciana mujer que favorecía las antiguas transformaciones del supuesto joven Serviéres. Después de averiguar quién era aquella mujer, comprendió sin dificultad el objeto de las visitas de Vampa, y combinando enseguida todas sus ideas se trazó en el acto un plan que pasó a poner en práctica.

Cuando Benedetto se halló al día siguiente con Vampa, entró con él en una taberna poco frecuentada y se sentaron allí en un oscuro rincón, como dos hombres que tienen que tratar sobre cosas muy misteriosas, Benedetto permaneció pensativo un momento y luego exclamó:


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