La Mano del Muerto
La Mano del Muerto «— ¡Pero, su nombre!..., ¡su nombre! «-gritaba yo poseÃdo de rabia, pareciéndome escuchar ya el eco de ese nombre grande y terrible.
»— ¿Su nombre?.. —repetÃa el señor Villefort, con amarga y alterada sonrisa—. ¿Tiene acaso él un nombre cierto y determinado?.. ¡El que cambia de nombre y de esencia cada dÃa, cada instante por el poder de su voluntad formidable! ¡El abate Bussoni, conde de Monte-Cristo, lord Wilmore!...
»— ¡Ah! —exclamé estremeciéndome al oÃr aquél nombre... — ¡Conde de Monte-Cristo!...
»-o el abate Bussoni, o lord Wilmore —continuó mi padre—; quién sabe cuál será al presente su nombre. Búscalo, sin embargo, en todas partes; sé infatigable; pregunta a lo infinito del espacio, desciende al abismo, y haz que tus ojos vean al través de las entrañas de la tierra y de las profundidades de los mares... Su verdadero nombre es Edmundo Dantés. ¡Hijo mÃo, véngame y muere, o maldito seas en el mundo!»
—En esa misma noche —prosiguió tranquilamente Benedetto después de un breve intervalo—, expiró el señor de Villefort, poniendo en mis manos el pliego sellado que vuestros soldados me hallaron, y que sin duda conservaréis en vuestro poder.
— ¿Y por qué no habéis querido leer ese papel? —le preguntó el magistrado.