La Mano del Muerto
La Mano del Muerto —Prometà a mi padre que no lo abrirÃa sino lejos de Francia y cumplo mi promesa. Desgraciadamente fui capturado antes de leerlo..., pero abrigo la esperanza de no morir sin saber su contenido, porque pediré que me lo presenten cuando sea llamado al tribunal de justicia.
Beauchamp se estremeció, y a no haber estado oculto su rostro en la sombra, hubiérase visto su palidez.
— ¿Y adonde os dirigÃais cuando os prendieron?
—Fuera de Francia.
— ¿Con que objeto?
—Con el de cumplir mi misión.
— ¿Cuál?
—El legado de mi padre... ¡la venganza!
Beauchamp se levantó y se paseaba agitado por el recinto de su gabinete, ocultando el rostro bajo su capa. De pronto se paró, haciendo un ademán como si hubiese tomado una resolución definitiva.
—Benedetto —le dijo—, me parecéis más desgraciado que criminal...
— ¡Ah, sÃ!... —exclamó Benedetto—. ¡Un destino espantoso pesa sobre mÃ! La fatalidad de mi alumbramiento... ¡El agua de mi bautismo fueron las lágrimas de la que me dio el ser... y la palabra de unción la maldición de mi padre!... Lanzado al infierno si sucumbÃa y a la miseria si escapaba... ¡Vedme aquà siempre errante, huido y miserable! Señor, ésta es la noche del 27 de septiembre, ¿no es verdad?.. Pues oÃd...