La Reina Margot

La Reina Margot

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—¡Ah! —dijo La Mole—. Ya comprendo; tú le diste la mano el día de nuestra visita; yo en cambio olvidé entonces que todos los hombres somos hermanos y le traté con desdén. Dios me castiga por mi orgullo. ¡Alabado sea su nombre!

La Mole juntó las manos.

Coconnas y las dos mujeres cambiaron una mirada de indecible terror.

—Vamos, vamos —dijo el carcelero, que había ido hasta la puerta para ver si venía alguien y ya estaba de regreso—. Vamos, no perdáis tiempo, mi querido señor Coconnas; dadme mi puñalada y portaos conmigo como un caballero, porque ya van a venir.

Margarita se había arrodillado junto a La Mole. Parecía una de esas figuras de mármol que se inclinan sobre un sepulcro donde está la estatua yacente del muerto.

—Vamos, amigo mío —dijo Coconnas—. ¡Valor! Yo soy fuerte, lo llevaré en mis brazos, lo colocaré sobre lo caballo o lo llevaré en el mío si no puedes sostenerte solo en la silla; pero partamos de una vez; ya has oído lo que dice este buen hombre; se trata de nuestra vida.

La Mole hizo un esfuerzo sobrehumano, sublime.

—Es verdad; se trata de lo vida —dijo, a intentó incorporarse.


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