La Reina Margot

La Reina Margot

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Annibal le cogió en sus brazos y le puso de pie. La Mole tan sólo dejó oír una especie de sordo rugido. En el momento en que Coconnas se apartaba de él para ir hacia el carcelero, dejándole sostenido en los brazos de las mujeres, sus piernas flaquearon y, a pesar de los esfuerzos de Margarita, que lloraba sin cesar, cayó como una masa inerte sin poder contener un grito desgarrador que resonó en la bóveda de la capilla con un eco lúgubre que estremeció el aire de las naves por algunos instantes.

—Ya veis —dijo La Mole con acento de angustia—, ya veis, reina mía; dejadme, abandonadme con un último adiós. No he hablado, Margarita; vuestro secreto queda, pues, envuelto en nuestro amor y morirá entero conmigo. Adiós, mi reina, adiós…

Margarita, casi desfalleciente también, rodeó con sus brazos aquella hermosa cabeza e imprimió en ella un casto beso.

—Tú, Annibal —continuó La Mole—, tú que has librado de los dolores, tú que eres joven aún y puedes vivir, huye, huye, amigo mío, y dame el supremo consuelo de saber que estás en libertad.

—¡El tiempo apremia! —exclamó el carcelero—. ¡Daos prisa!


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