La Reina Margot

La Reina Margot

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Enriqueta trataba de arrastrar suavemente a Annibal, mientras Margarita, de rodillas al lado de La Mole, con los cabellos sueltos y los ojos anegados en lágrimas, parecía una Magdalena.

—Huye, Annibal —insistió La Mole—, huye, no des a nuestros enemigos la ocasión de gozar del espectáculo de la muerte de dos inocentes.

Coconnas rechazó suavemente a Enriqueta, que le empujaba hacia la puerta, y con un gesto tan solemne como majestuoso, dijo:

—Señora, dad ante todo a este hombre los quinientos escudos que le prometimos.

—Aquí están —dijo Enriqueta.

Entonces, volviéndose hacia La Mole y meneando tristemente la cabeza:

—En cuanto a ti, mi buen La Mole —dijo—, me injurias al pensar, siquiera sea por un instante, que pueda abandonarte. ¿No lo juré que viviría y moriría contigo? En fin, sufres tanto, pobre amigo mío, que te perdono la ofensa.

Sin añadir nada más se recostó junto a su amigo y, acercando su cara a la de La Mole, le rozó la frente con sus labios.

Después, tal como hubiera hecho una madre con su hijo, cogió suavemente la cabeza de su amigo, que reposaba contra la pared y la hizo descansar sobre su pecho.


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