La Reina Margot
La Reina Margot Margarita se hallaba sombrÃa. Acababa de recoger el puñal que Coconnas habÃa dejado caer.
—¡Oh! ¡Mi reina! —dijo La Mole extendiendo los brazos hacia ella, pues comprendÃa sus propósitos—. ¡No olvidéis que muero para borrar hasta la más mÃnima sospecha de nuestro amor!
—¿Qué es lo que puedo hacer entonces por ti, ya que ni siquiera me está permitido el morir contigo? —dijo Margarita desesperada.
—Puedes hacer —contestó La Mole— que la muerte me parezca dulce y que llegue hasta mà con un rostro risueño.
Margarita se aproximó a él con las manos juntas como para rogarle que hablara.
—¿Recuerdas aquella noche, Margarita, en que a cambio de mi vida que te ofrecÃa entonces y que te doy ahora me hiciste una promesa sagrada?…
Margarita se estremeció.
—¡Ah! Veo que sà te acuerdas, puesto que asà te estremeces —dijo La Mole.
—SÃ, sÃ, recuerdo la promesa y lo juro por mi alma, Hyacinte, que la cumpliré —afirmó Margarita.
Luego extendió la mano hacia el altar como para tomar a Dios por testigo de su juramento.
El rostro de La Mole se iluminó como si la bóveda de la capilla se hubiese abierto y un celeste rayo hubiera descendido hasta él.