La Reina Margot
La Reina Margot —¡Qué vienen! ¡Qué vienen! —exclamó el carcelero.
Margarita dio un grito y se precipitó hacia La Mole, pero el temor de redoblar sus dolores la detuvo trémula a cierta distancia.
Enriqueta apoyó sus labios sobre la frente de Coconnas y le dijo:
—Te comprendo, Annibal mÃo, y me siento orgullosa de ti. Sé perfectamente que tu heroÃsmo te hace morir, pero precisamente por ese heroÃsmo es por lo que te amo. Ante Dios te amaré siempre, más que nada en este mundo, y lo que Margarita ha jurado hacer por La Mole, lo juro que aun no sabiendo lo que es, lo haré yo por ti.
Al terminar alargó su mano a Margarita.
—Eso sà que es hablar bien —dijo Coconnas—; gracias.
—Antes de dejarme —dijo La Mole—, os pido, reina mÃa, un último favor; dadme un recuerdo cualquiera que pueda besar en el momento de subir al patÃbulo.
—¡Oh! ¡SÃ, por supuesto! —exclamó Margarita—. ¡Toma esto!
De su cuello desprendió un pequeño relicario de oro sostenido por una cadena del mismo metal.