La Reina Margot

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Capítulo XXIX

DESDE las siete de la mañana se desbordaba la multitud por las calles y plazuelas de los alrededores del patíbulo.

A las diez avanzó lentamente por la calle de Saint Antoine un carricoche que venía de Vincennes y que era el mismo en el que los dos amigos fueron conducidos al Louvre después de su duelo. A su paso, los espectadores apretujados, parecían estatuas de ojos quietos y labios entreabiertos.

Aquel día, la reina madre obsequiaba con un espectáculo desgarrador a todo el pueblo de París.

En el carricoche venían tendidos sobre algunas briznas de hierba dos jóvenes con la cabeza descubierta y vestidos de negro. Coconnas sostenía sobre sus rodillas a La Mole, cuya cabeza sobresalía por encima de los travesaños del vehículo y cuyos ojos erraban de un lado a otro.

La muchedumbre, con tal de ver hasta el fondo del carruaje, se empujaba, se levantaba en vilo, se subía a los tejados, trepaba por los salientes de los muros y sólo parecía satisfecha cuando contemplaba por entero aquellos dos cuerpos que salían del tormento para encaminarse al patíbulo.


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