La Reina Margot

La Reina Margot

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Había circulado el rumor de que La Mole moriría sin haber confesado uno solo de los hechos que se le imputaban, mientras que, por el contrario, se aseguraba que Coconnas, no habiendo podido soportar el dolor, lo había revelado todo.

Por eso se oía gritar por todas partes:

—¡Mirad, mirad al rubio! Es el que ha hablado, el que ha dicho todo; es un cobarde y tiene la culpa de que maten a su amigo. El otro, en cambio, es un valiente y no ha dicho nada.

Los dos jóvenes oían claramente, el uno las alabanzas y el otro las injurias, que acompañaban su marcha fúnebre. Mientras La Mole estrechaba las manos de su amigo, un sublime desdén se pintaba en el rostro del piamontés, quien, desde lo alto del inmundo carricoche, contemplaba al populacho estúpido cual si le mirase desde un carro triunfal.

El infortunio había consumado su obra celestial; había ennoblecido el semblante de Coconnas. Faltaba que la muerte divinizara su alma.

—¿Llegaremos pronto? —preguntó La Mole—. No puedo más, amigo mío, creo que voy a desmayarme.

—Espera, espera, La Mole, vamos a pasar por delante de las calles Tizon y de Cloche-Percée; mira un momento.

—¡Oh! ¡Levántame, levántame para que vea por última vez esa bendita casa!


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