La Reina Margot
La Reina Margot Volvieron al Louvre del mismo modo que habían salido. En la puerta la reina se dio a conocer. Al llegar a la escalera secreta bajó por ella, entró en su aposento, depositó su triste reliquia en el gabinete contiguo a su dormitorio, convertido desde aquel momento en oratorio, dejó a Enriqueta vigilando su alcoba y, más pálida y bella que nunca, entró a eso de las diez en el gran salón de baile, el mismo donde la vimos hace ya cerca de un año y medio al comienzo de nuestra historia.
Todos los ojos se volvieron hacia ella y Margarita soportó aquella mirada universal con un aire firme e incluso alegre. Le daba fuerzas el haber cumplido religiosamente el último deseo de su idolatrado La Mole.
Carlos, al verla, atravesó tambaleándose la dorada multitud que le rodeaba.
—Gracias, hermana mía —dijo en voz alta.
Y bajando la voz.
—¡Cuidado! —añadió—. Tenéis una mancha de sangre en el brazo.
—¡Ah! ¡Qué importa eso ya, señor —respondió Margarita—, con tal de que tenga la sonrisa en los labios!