La Reina Margot
La Reina Margot
L rey empezaba a impacientarse; había mandado llamar al señor de Nancey y acababa de ordenarle que fuese en busca de Enrique cuando este se presentó.
Al ver aparecer en la puerta a su cuñado, Carlos dio un grito de júbilo y Enrique se quedó tan asustado al verle como si se hallara en presencia de un cadáver.
Los dos médicos que estaban a ambos lados de la cabecera del enfermo se alejaron, lo mismo que el sacerdote que había ido a proporcionar al desdichado príncipe los auxilios de la fe cristiana.
Carlos IX, a pesar de no contar con muchas simpatías entre sus súbditos, era llorado en las antecámaras. A la muerte de los reyes, cualesquiera que sean, siempre hay gente que pierde algo y que teme no recuperarlo con sus sucesores. Aquel duelo, aquellos sollozos, las palabras de Catalina y todo el aparato siniestro y majestuoso que rodea los últimos momentos de un rey y, por último, el espectáculo de aquel rey atacado por una enfermedad de la que más adelante hubo otros casos, pero ignorada en aquel entonces por la ciencia, produjeron en el espíritu aún joven y por consiguiente impresionable de Enrique un efecto tan terrible, que a pesar de su deseo de no ocasionar nuevas inquietudes a Carlos acerca de su estado, no pudo, como ya hemos dicho, reprimir un gesto de espanto al ver al moribundo empapado en sangre.
