La Reina Margot
La Reina Margot Carlos sonrió con tristeza. Ningún detalle escapa a los enfermos de las impresiones que sienten quienes les rodean.
—Venid, Enriquito —dijo tendiendo la mano a su cuñado—, venid, que ya sufrÃa, al no veros; mucho os he atormentado en mi vida, pobre amigo mÃo; ahora me lo reprocho y, a veces, creedme, hasta he ayudado a quienes os atormentaban, pero un rey no es dueño de los acontecimientos y, además de tener a mi madre, a mi hermano de Alençon y a mi hermano de Anjou, he tenido que sostener sobre mi cabeza, durante toda mi vida, algo muy incómodo que cesará con la muerte: la soberanÃa del Estado.
—Señor —balbució Enrique—, sólo recuerdo el amor que tuve siempre por mi hermano y el respeto que sentà siempre por mi rey.
—SÃ, sÃ, tienes razón —dijo Carlos—, y lo agradezco que hables asÃ; Enriquito, porque has sufrido realmente demasiado bajo mi reinado, sin contar con que perdiste a tu madre durante él. Pero tú debes haber notado que muchas veces yo obraba obligado. Algunas he resistido, otras he tenido que ceder por cansancio. Pero tú lo has dicho, no hablemos del pasado; ahora me apremia el presente y me espanta el porvenir.
Al decir estas palabras, el desdichado rey ocultó su pálida faz entre sus manos descarnadas.