La Reina Margot

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Al cabo de unos instantes de silencio y sacudiendo por fin la cabeza como queriendo librarse de tan sombrías ideas, movimiento con el que salpicó de sangre todo a su alrededor, dijo en voz baja e inclinándose hacia Enrique:

—Es preciso salvar el Estado; es necesario impedir que caiga en manos de fanáticos o de mujeres.

Carlos, como hemos dicho, pronunció estas palabras en voz baja. No obstante, Enrique creyó oír detrás de las cortinas de la cama algo así como una sorda exclamación colérica. Tal vez algún agujero practicado en la pared permitía a Catalina, sin que se enterara el mismo Carlos, escuchar esta trascendental conversación.

—¿Mujeres? —preguntó el rey de Navarra, como pidiendo una explicación.

—Sí, Enrique —dijo Carlos—, mi madre quiere hacerse cargo de la regencia hasta que regrese de Polonia mi hermano. Pero oye bien lo que te digo: no volverá.

—¡Cómo! ¿Que no volverá? —exclamó Enrique con el corazón palpitante de gozo.

—No, no vendrá —aseguró Carlos—, sus súbditos no consentirán de ningún modo que venga.

—Pero —dijo Enrique— ¿no creéis que la reina madre le habría escrito con anticipación?


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