La Reina Margot

La Reina Margot

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—Ya sé que lo ha hecho, pero de Nancey sorprendió al mensajero en Château-Thierry y me ha entregado la carta; en ella le decía que me quedaban pocos días de vida. Yo también he escrito a Varsovia; mi carta llegará, estoy seguro, y mi hermano será vigilado. De tal modo que, según todas las probabilidades, el trono de Francia quedará vacante.

Por segunda vez se oyó como un murmullo de protesta sin poderse precisar de dónde venía.

«Decididamente —pensó Enrique—, Catalina está allí: escucha y espera».

Carlos, que no había oído absolutamente nada, prosiguió:

—Además, muero sin heredero varón.

Se detuvo; un dulce recuerdo pareció iluminar su rostro, y apoyando una mano en el hombro de Enrique añadió:

—¡Ay de mí! ¿Te acuerdas, Enriquito, de aquel pobre niño que te enseñé una noche mientras dormía en su cuna de seda custodiado por un ángel? ¡Ay, Enriquito, me lo matarán!

—¡Oh, señor! —exclamó Enrique con los ojos empañados por las lágrimas—. Os juro ante Dios que durante todos los días y noches de mi existencia velaré por su seguridad.


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