La Reina Margot
La Reina Margot —Gracias, Enriquito, muchas gracias —dijo el rey con una ternura nada propia de su carácter, pero que le imponÃa la situación—, acepto lo ofrecimiento. No le hagas rey, puesto que dichosamente no ha nacido para ocupar un trono. Trata únicamente de que sea feliz. Le dejo una fortuna independiente; nobleza, que tenga la de su madre: la del corazón. Quizá serÃa mejor para él que se le destinase a la Iglesia. ¡InspirarÃa menos temores! ¡Oh! Creo que me morirÃa, si no del todo contento, por lo menos más tranquilo si tuviese aquÃ, para consolarme, las caricias del niño y el dulce semblante de la madre.
—Señor, ¿no podrÃa hacer que vinieran?
—¡Insensato! No saldrÃan vivos de aquÃ. Tal es la condición de los reyes, Enriquito, no pueden vivir ni morir a su gusto. Pero, desde que me has hecho la promesa de ocuparte de ellos, me siento más tranquilo.
Enrique pareció reflexionar.
—SÃ, sin duda, os lo he prometido; pero ¿podré cumplirlo?
—¿Qué quieres decir?
—¿Acaso yo mismo no puedo ser proscrito, amenazado como él o todavÃa más, ya que soy yo un hombre, mientras él no es más que un niño?
—Te equivocas —respondió Carlos—, cuando yo muera serás fuerte y poderoso; aquà tienes lo que te dará la fuerza y el poder.