La Reina Margot

La Reina Margot

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El moribundo rey sacó al decir estas palabras un pergamino de debajo de la almohada.

—Toma —le dijo.

Enrique leyó el documento, que estaba avalado con el sello real.

—¿Yo regente? —dijo palideciendo de alegría.

—Sí, serás regente hasta que regrese el duque de Anjou, y como, según todas las probabilidades, el duque no regresará, no es la regencia lo que te confiere este papel, sino el trono.

—¡El trono! —murmuró Enrique.

—Tú eres —dijo Carlos— el único digno y, sobre todo, el único hombre capaz de gobernar a todos esos galanes libertinos y a todas esas jóvenes descarriadas que se alimentan de lágrimas y sangre. Mi hermano, el duque de Alençon, es un traidor y traicionará a todos; más vale que le dejes en la prisión donde le tengo encerrado. Mi madre querrá matarle; destiérrala. Mi hermano el duque de Anjou, quizá dentro de un año, saldrá de Varsovia y vendrá a disputarte el poder; respóndele con una bula papal. Yo he negociado este asunto por medio de mi embajador, el duque de Nevers, y dentro de poco tiempo recibirás la bula.

—¡Oh! ¡Rey mío!


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