La Reina Margot
La Reina Margot —Sólo debes temer una cosa, Enrique: la guerra civil. Pero permaneciendo convertido la evitas, pues el partido hugonote no tiene consistencia si no estás tú a su cabeza, y el señor de Condé no tiene fuerzas para luchar contra ti. Francia es un paÃs de llanuras y, por lo tanto, un paÃs católico. El rey de Francia debe ser el rey de los católicos y no de los hugonotes, puesto que el rey de Francia debe ser el rey de la mayorÃa. Se dice que siento remordimientos por haber organizado la noche de San Bartolomé. Dudas, puede ser; remordimientos, ninguno. Se dice que derramo la sangre de los hugonotes por todos los poros. Yo sé muy bien lo que tiñe mi sudor; es arsénico y no sangre.
—¡Oh, señor! ¿Qué decÃs?
—Nada. Si mi muerte ha de ser vengada, sólo a Dios corresponde hacerlo. No hablemos de ella nada más que para prever los sucesos que traerá como consecuencia. Te lego un buen Parlamento y un ejército veterano. Apóyate en el Parlamento y en el ejército para resistir a tus dos únicos enemigos: mi madre y el duque de Alençon.
En aquel momento se oyó ruido de armas en el vestÃbulo, acompañado de cambios de órdenes militares.
—Soy muerto —murmuró Enrique.
—¿Temes, vacilas? —dijo Carlos con inquietud.
—¿Yo, señor? —replicó Enrique—. De ninguna manera, ni temo ni vacilo: acepto.