La Reina Margot

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Capítulo IX

COCONNAS no había huido, se había retirado. La Hurière no había huido, se había precipitado. Uno desapareció como el tigre, el otro como el lobo.

A esta razón se debe el que La Hurière estuviese ya en la plaza de Saint-Germain d’Auxerre mientras Coconnas apenas había salido del Louvre.

La Hurière, al verse solo con su arcabuz en medio de la gente que corría, del silbido de las balas y de los cadáveres que caían desde los balcones, unos enteros, otros despedazados, empezó a sentir miedo y se encaminó prudentemente hacia su posada. Pero, al desembocar por la calle de Averon en la de l’Arbre-Sec, tropezó con una compañía de suizos y de caballería ligera; precisamente la que mandaba Maurevel.

—¡Hola! —exclamó quien se había puesto a sí mismo el apodo de «asesino del rey»—. ¿Terminasteis ya? ¿Volvéis a vuestra posada? ¿Qué diablos habéis hecho de nuestro hidalgo piamontés? ¿Le ha ocurrido alguna desgracia? Sería una lástima, porque se portó como un valiente.

—No, creo que no —repuso La Hurière—. Espero que pronto se reunirá con nosotros.

—¿De dónde venís?

—Del Louvre, donde, por cierto, me recibieron bastante mal.

—¿Quién?


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