La Reina Margot
La Reina Margot
OCONNAS no habÃa huido, se habÃa retirado. La Hurière no habÃa huido, se habÃa precipitado. Uno desapareció como el tigre, el otro como el lobo.
A esta razón se debe el que La Hurière estuviese ya en la plaza de Saint-Germain d’Auxerre mientras Coconnas apenas habÃa salido del Louvre.
La Hurière, al verse solo con su arcabuz en medio de la gente que corrÃa, del silbido de las balas y de los cadáveres que caÃan desde los balcones, unos enteros, otros despedazados, empezó a sentir miedo y se encaminó prudentemente hacia su posada. Pero, al desembocar por la calle de Averon en la de l’Arbre-Sec, tropezó con una compañÃa de suizos y de caballerÃa ligera; precisamente la que mandaba Maurevel.
—¡Hola! —exclamó quien se habÃa puesto a sà mismo el apodo de «asesino del rey»—. ¿Terminasteis ya? ¿Volvéis a vuestra posada? ¿Qué diablos habéis hecho de nuestro hidalgo piamontés? ¿Le ha ocurrido alguna desgracia? SerÃa una lástima, porque se portó como un valiente.
—No, creo que no —repuso La Hurière—. Espero que pronto se reunirá con nosotros.
—¿De dónde venÃs?
—Del Louvre, donde, por cierto, me recibieron bastante mal.
—¿Quién?
