La Reina Margot
La Reina Margot —¡Cáspita! Corréis demasiado ligero; además, me desvié un poco de la lÃnea recta para ir a arrojar al rÃo a un condenado muchacho que gritaba: «¡Abajo los papistas, viva el almirante!». Desgraciadamente, creo que el maldito sabÃa nadar. Si se quiere exterminar a estos impÃos miserables habrá que arrojarlos al agua de recién nacidos, como a los gatos.
—¿Conque venÃs del Louvre? —preguntó Maurevel—. ¿Se refugió allà vuestro hugonote?
—¡SÃ, Dios mÃo, sÃ!
—Le disparé un pistoletazo en el momento en que se inclinaba para recoger su espada en el patio de casa del almirante; no sé cómo no le di.
—Por mi parte —añadió Coconnas—, puedo asegurar que le he acertado; le he hundido mi espada en el hombro y al sacarla estaba la hoja húmeda hasta cinco pulgadas de la empuñadura. Cayó en brazos de Margarita: linda mujer, ¡voto al diablo! Sin embargo, confieso que no me disgustarÃa saber con seguridad que ha muerto, porque me parece que es un hombre muy rencoroso y serÃa capaz de odiarme durante toda su vida. Pero ¿no hablabais de ir no sé adónde?
—¿InsistÃs en venir conmigo?
—Insisto en no quedarme quieto, ¡voto al diablo! TodavÃa no he matado más que a tres o cuatro y en cuanto me enfrÃo me duele el hombro. ¡Vamos!