La Reina Margot

La Reina Margot

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—¡No, por mil demonios! —aulló Carlos, arrojando al suelo su arcabuz—. ¡No, el testarudo no quiere!…

Catalina no respondió.

Volvió lentamente sus ojos hacia donde se hallaba Enrique, tan inmóvil como las figuras pintadas en el tapiz contra el cual se apoyaba. Después miró a su hijo con una expresión que significaba: «Entonces, ¿por qué vive?».

—Vive…, vive… —murmuró Carlos IX, que comprendía perfectamente aquella mirada y que respondía, como se ve, sin titubear—. Vive…, porque es pariente mío.

Catalina sonrió.

Al ver Enrique aquella sonrisa comprendió que contra quien tenía que combatir era, sobre todo, contra Catalina.

—Señora —le dijo—, vos sois la culpable de todo, ahora lo veo, y no mi cuñado Carlos. Vos habéis concebido la idea de tenderme un lazo; vos habéis ideado convertir a vuestra hija en el cebo que nos perdería a todos; vos me habéis separado de mi esposa para que ella no sufriera la afrenta de que me mataran ante sus ojos.

—¡Sí, pero eso no sucederá! —gritó otra voz jadeante y apasionada y que hizo estremecer de sorpresa a Carlos IX y de furor a Catalina.


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