La Reina Margot
La Reina Margot —¡Margarita! —exclamó totalmente sorprendido Enrique.
—¡Margot! —dijo Carlos IX.
—¡Mi hija! —murmuró Catalina.
—Señor —dijo Margarita dirigiéndose a Enrique—, vuestras últimas palabras me acusan y son a la vez justas e injustas, justas porque, en efecto, soy el instrumento de que se han servido para perderos a todos; e injustas porque yo ignoraba que marchabais a vuestra perdición. Yo misma, señor, tal como me veis, debo la vida a la casualidad o quizás al olvido de mi madre; pero no bien me he enterado del peligro que corrÃais, recordé mi deber. Y el deber de una esposa es el de compartir la suerte de su marido. Si os destierran, os acompañaré al destierro; si os encierran en una prisión, haré que me lleven presa; si os matan, moriré con vos.
Y tendió la mano a su marido, que este cogió si no con amor, al menos con gratitud.
—¡Ah, mi pobre Margot! —dijo Carlos IX—. Mejor serÃa que le aconsejaras que se convirtiera al catolicismo.
—Sire —respondió Margarita con aquella altiva dignidad tan natural en ella—. Sire, creedme: en consideración a vos mismo, no exijáis una cobardÃa a un prÃncipe de vuestra casa.
Catalina lanzó a su hijo una significativa mirada.