La Reina Margot
La Reina Margot —Me enviaréis un cofrecito surtido.
—¿De cuáles?
—De los últimos, de aquellos…
Catalina se detuvo.
—¿De aquellos que agradaban tanto a la reina de Navarra? —preguntó Renato—. No necesito prepararlos, ¿verdad, señora? Vuestra Majestad posee ahora tanta habilidad como yo.
—¿Te parece? —dijo Catalina—. Lo importante es que den resultado.
—¿No tiene otra cosa que ordenarme Vuestra Majestad? —preguntó el perfumista.
—No, no —contestó Catalina pensativa—, creo que no. Si ocurriera alguna novedad en los sacrificios, avisadme. A propósito, dejemos los corderos y probemos con gallinas.
—¡Ay, señora! Mucho me temo que cambiando la vÃctima no podremos cambiar los presagios.
—Haced lo que os he dicho.
Renato saludó y salió.
Catalina permaneció un rato sentada, meditabunda. Luego se levantó y fue a su cuarto, donde la esperaban sus camareras, a las que anunció, para el dÃa siguiente, la peregrinación a Montfaucon.