La Reina Margot

La Reina Margot

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El duque de Alençon, cumpliendo los deseos de Margarita, lo había instalado en sus habitaciones, pero no volvió a verlo. Se sentía de repente como un pobre niño abandonado, privado de los tiernos y delicados cuidados de dos mujeres, en particular de una cuyo recuerdo invadía continuamente sus pensamientos. Es verdad que había tenido noticias suyas por intermedio del cirujano Ambroise Paré, que fue a verlo de su parte; pero tales noticias, transmitidas por un hombre de cincuenta años que ignoraba o fingía ignorar el interés que sentía La Mole por el menor detalle que se refiriera a Margarita, fueron incompletas e insuficientes. También es cierto que Guillonne fue a verlo una vez, en su propio nombre, por supuesto, para saber cómo seguía. Aquella visita hizo el efecto de un rayo de sol en una celda y La Mole se quedó como deslumbrado en espera de una segunda aparición que no volvió a presentarse, aun cuando habían transcurrido ya dos días desde la primera.

Por eso, en cuanto llegó a oídos del convaleciente la noticia de la espléndida reunión de toda la corte, transmitió al señor de Alençon su deseo de que le permitiera acompañarle.

El duque, sin averiguar siquiera si La Mole se hallaba en estado de soportar semejante fatiga, respondió solamente:

—¡Magnífico! ¡Que le den uno de mis caballos!


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