La Reina Margot

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Empleó, pues, una parte del dinero que había traído de su casa, en comprar el más hermoso jubón de raso blanco y la capa más ricamente bordada que pudo procurarle el sastre de moda, quien también se encargó de proveerlo de unas botas de cuero perfumado que se usaban en aquel entonces. Todo el ajuar le fue enviado por la mañana, sólo media hora más tarde del plazo convenido, de modo que no tuvo motivos de queja. Se vistió rápidamente, contempló su figura en un espejo, encontrándose tan bien vestido, peinado y perfumado, como para estar satisfecho de sí mismo. Dio unas rápidas vueltas por su habitación convenciéndose de que, salvo algunos dolores bastante agudos, el bienestar moral podría acallar las incomodidades físicas.

Una capa de color cereza, de su invención, y cortada algo más larga de lo que se estilaba entonces, le sentaba particularmente bien.

Mientras se desarrollaba esta escena en el Louvre, otra del mismo género tenía lugar en el palacio de Guisa. Un gentilhombre de elevada estatura y cabellos rojizos examinaba frente al espejo una cicatriz encarnada que le atravesaba desagradablemente el rostro. Peinaba y perfumaba sus bigotes; tras esto extendió sobre la malhadada herida, que se obstinaba en reaparecer, todos los cosméticos conocidos a la sazón.


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