La Reina Margot

La Reina Margot

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La cubrió con una triple capa de blanco y bermellón, pero, como su aplicación le pareciera insuficiente, ocurriósele una idea: el ardiente sol del mes de agosto incendiaba el patio con sus rayos; descendió, pues, al patio y quitándose el sombrero cerró los ojos y echó hacia atrás la cabeza. Así se estuvo paseando durante diez minutos, expuesto voluntariamente a esta abrasadora llama que caía a torrentes del cielo.

Al cabo de los diez minutos, y gracias a una insolación de primer orden, el caballero tenía el rostro tan encendido que ya la cicatriz desentonaba pareciendo amarilla en comparación al resto de la cara. Nuestro amigo no parecía por eso menos satisfecho de aquella especie de arco iris que trató de armonizar lo mejor que pudo con el resto de la cara mediante una capa de bermellón. Después se vistió con un magnífico traje que un sastre había llevado a su habitación sin que él lo pidiera. Así adornado, perfumado y armado de pies a cabeza, descendió por segunda vez al patio y se puso a acariciar a un gran caballo negro cuya hermosura no hubiera tenido igual a no ser por una ligera cicatriz que, semejante a la de su amo, le había hecho, en una de las últimas batallas civiles, el sable de un reitre.



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