La Reina Margot

La Reina Margot

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Tan satisfecho de su caballo como de sí mismo, el caballero, que nuestros lectores habrán reconocido sin duda, montó un cuarto de hora antes que nadie y atronó el patio del palacio de Guisa con los relinchos de su corcel, a los que respondía con «Voto al diablo» pronunciados en todos los tonos, a medida que lo dominaba. Al cabo de un momento, el caballo, completamente domado, dio muestras, por su docilidad y obediencia, de reconocer el legítimo dominio de su jinete. Pero la victoria (y esto era quizá lo que pretendía nuestro caballero) no se obtuvo sin ruido, el cual hizo salir a la ventana a una dama que sonrió con mucha amabilidad y a quien nuestro domador saludó respetuosamente.

Cinco minutos después, la señora de Nevers preguntó a su mayordomo:

—¿Han servido un buen almuerzo al señor conde Annibal de Coconnas?

—Sí, señora —respondió el mayordomo—. Y esta mañana ha comido con más apetito que de costumbre.

—Está bien —dijo la duquesa.

Y volviéndose hacia su primer gentilhombre:

—Señor de Arguzon —dijo—, vamos al Louvre y no descuidéis por favor al conde Annibal de Coconnas, pues todavía se encuentra débil a causa de sus heridas y no quisiera por nada del mundo que le ocurriese alguna desgracia; haría reír a los hugonotes, que le guardan rencor desde la venturosa noche de san Bartolomé.


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