La Reina Margot

La Reina Margot

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Y lanzó una ojeada a su alrededor para contar los entrecejos que se fruncían. Quizá por esto la persona a quien miraban con más curiosidad en el cortejo era a este hijo sin madre, a este rey sin reino, a este hugonote convertido a la religión católica. Su figura alargada y característica, su aspecto un poco vulgar, su familiaridad para con sus inferiores, familiaridad que llegaba a un extremo casi inconveniente en un rey y que provenía de las costumbres montañesas adquiridas en su juventud y que conservó hasta la muerte, eran fácilmente visibles para los espectadores, algunos de los cuales le gritaban:

—¡A misa, Enrique! ¡A misa!

A lo que él respondía:

—Estuve ayer, he estado hoy y volveré mañana. ¡Por Dios!, creo que es bastante.

Margarita iba a caballo tan bella, tan elegante, que en torno de ella se oía un general concierto de exclamaciones de admiración, del que algunas notas, preciso es reconocerlo, se dirigían a su compañera, la señora de Nevers, con quien acababa de reunirse y cuyo caballo blanco, como orgulloso de su carga, agitaba briosamente la cabeza.

—¿Qué hay de nuevo, duquesa? —preguntó la reina de Navarra.

—Que yo sepa, nada, señora —respondió en voz alta Enriqueta.


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