La Reina Margot

La Reina Margot

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Y luego, bajando la voz, dijo:

—Y el hugonote, ¿qué fue de él?

—Le encontré un refugio bastante seguro —repuso Margarita—. ¿Y tú qué has hecho de tu adorable asesino?

—Quiso participar en esta fiesta; monta el caballo de combate del señor de Nevers, un animal tan grande como un elefante. Es un jinete estupendo. Le permití que asistiese a la ceremonia, porque pensé qué tu hugonote se quedaría prudentemente en su habitación, y de ese modo no habría por qué temer ningún encuentro.

—¡Oh! —respondió Margarita sonriendo—. Aunque estuviese, no correríamos riesgo alguno. Mi hugonote es un buen mozo, pero nada más; una paloma y no un milano; arrulla, pero no muerde. Después de todo —añadió con inexplicable acento y encogiéndose ligeramente de hombros—, tal vez le hemos tomado por un hugonote y sólo sea un adepto de Brahma, cuya religión le impide derramar sangre.

—¿Dónde está el duque de Alençon? —preguntó Enriqueta—. No le veo.


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