La Reina Margot

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Por lo demás, cada uno de ellos, a medida que recobraba la salud, cuidaba su aspecto exterior con más atención. Cualquier hombre, por muy indiferente que sea a los atractivos físicos, tiene en determinadas circunstancias conversaciones mudas con su espejo, signos de inteligencia, después de los cuales casi siempre se aparta de su confidente muy satisfecho de la entrevista. Nuestros dos jóvenes no eran de aquellos a quienes el espejo pudiera desilusionar. La Mole, delgado, pálido y elegante, poseía el encanto de la distinción; Coconnas, vigoroso, bien formado, tenía los atractivos de la fortaleza. Más aún, la enfermedad constituyó para él una ventaja: había adelgazado y empalidecido. La famosa cicatriz que tanto le diera que hacer por su semejanza con un arco iris había desaparecido, anunciando probablemente, como el fenómeno postdiluviano, una larga serie de días hermosos y de noches serenas.

Los dos heridos seguían siendo objeto de las más delicadas atenciones: el día que pudieron levantarse halló cada cual una bata sobré el sillón más próximo a su cama; el día que pudieron vestirse, un traje completo. Además, en el bolsillo de cada jubón había una bolsa bien provista que aceptaron, por supuesto, con el propósito de devolverla a su debido tiempo al protector desconocido que velaba por ellos.


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