La Reina Margot
La Reina Margot Este protector desconocido no podía ser de ningún modo el príncipe en cuya habitación se alojaban, porque no sólo no había subido nunca a verlos, sino que tampoco se había dignado interesarse por su estado.
Una vaga esperanza decía en secreto a cada corazón que el desconocido protector era la mujer amada.
Nada de extraño, pues, que los dos heridos esperaran con impaciencia el momento de salir a la calle. La Mole, más fuerte, y restablecido antes que su compañero, ya podía haberlo hecho; pero una especie de tácito acuerdo le ligaba a la suerte de su amigo. Habían convenido en consagrar su primera salida a hacer tres visitas.
La primera, al desconocido doctor cuyo milagroso brebaje mejoró tan notablemente el inflamado pecho de Coconnas.
La segunda, a la posada del difunto maese La Hurière, donde habían dejado las maletas y los caballos.
La tercera, al florentino Renato, el cual, uniendo a su título de perfumista el de mago, vendía no sólo cosméticos y venenos, sino que componía filtros y pronunciaba oráculos.
Por fin, después de más de dos meses de convalecencia y de reclusión, llegó tan ansiado día.