La Reina Margot
La Reina Margot —Señora, que la sombra de mi amigo, porque es una sombra y la prueba es que no pronuncia ni una sola palabra, me suplica que use la facultad de hablar que tienen los cuerpos para deciros: «Bella sombra, este incorpóreo caballero ha perdido las carnes y el aliento por el rigor de vuestros ojos». Si vos fueseis la reina en persona, pedirÃa a maese Renato que me hundiera en algún abismo sulfuroso antes de que pudiera emplear semejante lenguaje con la hija del rey Enrique II, la hermana de Carlos IX y la esposa del rey de Navarra. Pero las sombras están despojadas de todo orgullo terrestre y no se enojan porque alguien las ame. Rogad, pues, a vuestro cuerpo, señora, que ame un poco al alma de este pobre La Mole, alma en pena si la hay; alma perseguida primero por la amistad, que en tres ocasiones le introdujo varias pulgadas de acero en el vientre; alma abrasada por el fuego de vuestros ojos, fuego mil veces más devorador que todos los fuegos del Infierno. Tened piedad, pues, de esta pobre alma y amad un poco al que fue hermoso La Mole, y, si carecéis del don de la palabra, emplead un gesto cualquiera, o por lo menos una sonrisa. El alma de mi amigo es muy inteligente y sabrá comprender. Hacedlo, ¡voto al diablo!, o atravesaré con mi espada el cuerpo de Renato para que en virtud del poder que ejerce sobre las sombras obligue a la que tan oportunamente supo evocar a que no haga cosas que resulten inconvenientes en una sombra tan discreta como me hace el efecto que debe ser la vuestra.